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Escapada en Autocaravana (I): Parque Natural de Cabo de Gata.

18 mayo, 2013

Esta es la historia de una gran experiencia, y mejor aventura, realizada por tres grandes amigos y compañeros de fatigas. Los tres unidos por ese amor incondicional por la bicicleta que nos llevó a programar estas aventureras vacaciones con nuestras inseparables máquinas de rodar.

Llevaba mucho tiempo queriendo hacer una escapada cicloturista con una autocaravana. Varias y diferentes opiniones son las que recibí acerca de la comodidad y practicidad de este peculiar vehículo. Pero necesitaba la mía propia. Estos cuatro días junto a nuestras bicicletas fueron perfectos para ello.

La idea tomó forma con bastantes meses de antelación. Después de muchas idas y venidas de gente que por compromisos o trabajo no pudieron acompañarnos, quedamos definitivamente tres grandes amigos; Juanjo Leal, Alfonso Romojaro y el que escribe, David Moreira.

De izquierda a dercha; Alfonso, David y Juanjo.

Hasta el mismo día de partida,  fuimos realizando las diferentes gestiones como el alquiler de la autocaravana, la búsqueda de campings o la edición de rutas por la zona a recorrer. En una idea inicial nuestra intención fue visitar Asturias; Fuente De, Lagos de Covadonga, Angliru… A falta de unos días todo estaba preparado. Solo faltaba que nos diese el visto bueno las previsiones metereológicas.

Estas previsiones no nos permitieron tomar rumbo norte, así que dos días antes de partir decidimos cambiar  hacia el sur, asegurándonos el buen tiempo, gracias a la flexibiliad que te permite viajar en autocaravana.

Nuestro “motorhome”

El problema fue localizar lugares de interés natural y cultural, y editar rutas adaptadas a nuestro nivel físico en tan poco tiempo. Después de dos estresantes tardes tenía un “tríptico más uno” de rutas. Cabo de Gata, Desierto de Tabernas-Sierra de la Alhamilla y La Alpujarra. A las que se uniría una participación el último día en la IV Marcha “Los Cañeros” Memorial Elías Chaves organizado por el CD La Tormenta de Lanjarón (Granada), gracias a los contactos de un compañero de trabajo de Alfonso.

Ya en la autocaravana, el viaje se nos hizo largo. Nuestra casa rodante fue más lenta de lo esperado. Por tanto, llegaríamos a nuestro destino más tarde de la media noche, lo que nos impediría hacer la recepción en el camping. Es por ello que decidimos cenar tranquilamente en una gasolinera de la A-7 y llegar con tranquilidad para hacer noche en el parking vigilado del camping
Preparando la cena en algún lugar de la A-7

Nuestro lugar de partida fue el Camping “Cabo de Gata”, situado en un camino que parte del punto kilométrico 9 de la carretera AL-3115.

RODANDO POR EL PARQUE NATURAL DEL CABO DE GATA

La mañana amaneció tranquila, no teníamos miedo a las temperaturas de estas fechas de finales de mayo, que aún eran benévolas, pero sí al viento tan característico de la zona. Según las previsiones, éste se mantendría tranquilo hasta las 15:00, momento en el que comenzaría a preocupar su presencia.

Nos pusimos a rodar por una zona llana durante los primeros nueve kilómetros, que nos vendrían muy bien para calentar y poner en acción las piernas después del largo viaje del día anterior. Por caminos llegamos a Pujaire, desde aquí tomamos un leve tramo de carretera para desviarnos de nuevo a una pista que bordearían las Salinas del Cabo de Gata por su perímetro norte. Era curioso observar como la altimetría del GPS marcaba que rodábamos a 4 metros negativos bajo el nivel del mar debido a la depresión de estas salinas.

Salinas del Cabo de Gata

Este tramo nos sacó al núcleo de La Fabriquilla para rodar nuevamente por asfalto y dar por concluido el tramo de calentamiento. Ya estábamos a los pies de las lejanas ondulaciones de origen volcánico que divisábamos al iniciar nuestra jornada de hoy. Éstas empezaron a dificultarnos el terreno para llegar hasta el siguiente punto de interés. El faro del Cabo de Gata.

Aproximándonos al faro de Cabo de Gata

El azul intenso del mar, unido al azul suave del cielo, hacían de opio para nuestras piernas en estas primeras y duras rampas que se escarpaban entre la roca volcánica para acceder a este estratégico punto del sureste peninsular.

Al doblar a nuestra izquierda por primera vez, el elevado Cerro de San Miguel nos recompensó nuestro esfuerzo con una espectacular instantánea para los ojos. Nuestra cara reflejaba una contrapuesta sensación de esfuerzo y alegría conjunta al recoger nuestra primer regalo visual de los muchos que recibiríamos a lo largo de la ruta de hoy. El faro del Cabo de Gata.

Faro del Cabo de Gata

Tras él, pasamos junto a los Arrefices de las Sirenas y del Dedo. Peculiares salientes puntiagudos desde el fondo del mar y muy próximos a la costa, que llamaron la atención a nuestro paso. Rodábamos ahora tranquilos antes de batirnos en duelo con el próximo promontorio rocoso.

Arrefice del Dedo
Arrecife de las Sirenas

La siguiente batalla con este paraje volcánico lo acometimos contra el Collado de la Vela Blanca, y su imponente torre vigía convertida en la actualidad en antena de telecomunicación. Aquí fue la primera vez que se rompió el grupo. Fueron apenas dos kilómetros de ascensión pero con desniveles cercanos la veintena porcentual. Juanjo por delante, Alfonso detrás y yo cerrando el grupo. Sería la tónica habitual de todo el viaje.

Pero al igual que antes, todo esfuerzo supuso una recompensa. Si mirábamos hacia detrás, estábamos dejando un espectacular paraje de Parque Natural.

Vista atrás desde el collado de la Vela Blanca.

Aquí nos encontramos con una cadena que cortaba el paso a todo vehículo rodado a motor, impidiendo el tránsito a las célebres playas de San José. Una sinuosa, pero ancha, pista nos descendería hasta estas turísticas playas y calas, ahora desérticas.

Descenso hacia las playas.

Rodando de nuevo de manera calmada, transitamos por la Cala Carbón, Cala Media Luna y por la cinematográfica playa de Monsul donde se han rodado famosas películas como “Indiana Jones y la Última Cruzada”.

Playa de Monsul.

Con cuidado de no pasarnos una salida a la derecha de la pista por un pequeño sendero, nos desviamos para aproximarnos a la espectacular playa de los Genoveses. Una amplia y kilométrica ensenada que ese día se encontraba vacía pero que en los meses de verano es tomada por cientos  de turistas.

Playa de Genoveses

Bordeamos la playa sin introducirnos en la arena por un bonito pinar que la da acceso y tomamos rumbo hacia la Cala de los Amarillos para bordear el cerro del Ave María y acceder al primer núcleo de la jornada por un bonito sendero junto al mar. Antes debimos pagar el conseguir esta bella imagen con un leve tramo empujando la bicicleta de menos de 100m.

Ya en San José, una breve parada técnica nos permitió continuar nuestro camino por su paseo marítimo para salir por la parte casi posterior de la localidad permitiéndonos bordear el Cerro de Enmedio.

Paseo marítimo de San José

Una buena pista nos dirigía hacia la Cala Higuera. Una cadena volvía a cortar el paso rodado a motor. En breve debímos tomar un desvío a izquierdas que empeoraba el piso y comenzaba a ascender. Se notaba que era un tramo menos transitado que serpenteaba por la ladera del Cerro de la Higuera hasta llegar a un punto donde la pendiente ponía a prueba de forma conjunta tanto nuestra habilidad como potencia sobre la bicicleta. Fueron apenas 50m, que a pesar de la buena tracción, consiguió romper nuestro pedaleo.

Ascenso al cerro Higuera, al fondo la rampa inciclable,

De nuevo una preciosa recompensa a modo de horizonte azul. Nos disponíamos a rodar de nuevo cinco kilómetros paralelos al mar por una pedregosa y ancha pista bordeando la ladera del Cerro de los Frailes, que con sus 492msnm es el pico más elevado de todo el Parque Natural.

Fue éste un tramo de leves ondulaciones, pero rápido. La velocidad nos obligaba a centrar nuestra atención en el piso para realizar trazadas seguras. Un sector de continua lucha de atención entre ambos objetivos oculares; el irregular piso y el impresionante horizonte. Tuvimos más de un susto innecesario. Pero era un delito no levantar la vista y observar las instantáneas de estas escarpadas laderas muriendo de forma recortada en un suave y tranquilo mar mediterráneo a modo de calas y puntas.

Por la loma del Cerro del Fraile

De repente, casi sin darnos cuenta, la pista se convierttó en un larga y recta bajada. Las escarpadas laderas desaparecieron y dieron paso a una extensa llanura. La costa se hizo rectilínea en la zona de Los Escullos, con su imponente castillo de San Felipe, ahora casi a nivel del mar. Rodamos paralelos a la playa de Piedra Galera. Zona de marcha veraniega con el afamado Bar de Joe, la discoteca Chaman y las Jaimas. Todo ello inactivo en estas fechas.

Los Escullos

La pista de tierra se convirtó en un vetusto asfalto para dejarnos en la carretera AL-      por la que rodamos a penas unos kilómetros y desviarnos por un escondido sendero que sale a la derecha de nuestra marcha y nos guiaría hasta la localidad de la Isleta del Moro. Es un bonito tramo que zigzaguea para vadear un torrente seco y dejarnos definitivamente dentro de este nuevo núcleo urbano.

Para salir de este lugar tomamos el asfalto que lo une de nuevo con la carretera que habíamos tomado anteriormente, pero recortamos por un atajo que nos permitió ahorrar kilómetros de asfalto para sacarnos más adelante y enfrentarnos a la inevitable subida al Cerro de la Amatista con sus cortas, pero duras, rampas de subida que nos dejarán en su espectacular mirador, primero, y más tarde nos dará paso al extenso valle de la minera villa de Rodalquilar.

Valle de Rodalquilar

En la bajada por la carretera tuvimos que estar atentos de no pasarnos el desvío a la derecha para adentrarnos en este tramo alejado del mar. Transitamos por diferentes cortijos y zonas de cultivo imposible. Palmitos y cactus sitiaban el camino por el que rodábamos. Un pequeño laberinto de caminos nos dirigió hasta la cómoda pista hormigonada que da acceso a la turística playa de El playazo, previo paso por unas de las multitudinarias torres vigías existentes en la zona.

De nuevo volvíamos a divisar el intenso azul del mar. Llegábamos al parking de esta playa que ya por estas fechas tenía bastantes inquilinos a modo de caravanas y acampados.

El Playazo.

Nuestra ruta gira hacia la izquierda en busca del castillo defensivo de San Ramón desde donde podemos encontrar unas espectaculares vistas de esta playa a la que protege.

Entramos en una zona que nos indicaba ser una propiedad privada y en la cual estaban sembrando cactus y vegetación de la zona para impedir el paso, muy próximo a la fortaleza. Pero si nos separamos un poco hacia el interior podemos encontrar el camino marcado como sendero local que une esta playa con el Camping de Las Negras, en la Cala del Cuervo; nuestro siguiente objetivo.

Hacia la cala del Cuervo

Debimos echar al hombro nuestra bici un breve tramo de a penas 10 metros para superar una rampa imposible de ciclar. Entramos en una parte complicada, no muy larga, pero que nos obligaba a desempolvar nuestras habilidades sobre la bici. Es una zona donde no hay lugar a errores, ya que el directo acantilado hacia el mar es bastante respetable. En algún momento tuvimos que echar pie a tierra por precaución, a parte de para poder disfrutar de las vistas que este tramo nos ofrecía. Todas estas molestias bien merecían la pena.

Preciosas instantáneas de camino a Cala Cuervo.

El descenso hasta el Camping de la Caleta fue por senderos donde debimos descender con precaución por alguno de las diferentes trialeras que bajaban hasta la Caleta del Cuervo, donde está ubicado este camping.

Una vez abajo tomamos el camino asfaltado que une esta ubicación con la población de Las Negras. Este sector es un tramo ancho, muy bien adecentado y cómodo que nos permitió descansar de la aventura de los acantilados anteriores. Poco a poco, siempre con el mar a nuestra derecha, el promontorio de la Molatilla nos iba presentando la pequeña y tranquila población de Las Negras.

Llegando a Las Negras

Un breve callejeo nos permitió observar que se trataba de un bohemio lugar de casas blancas y calles tranquilas, al menos en esta época del año. Buscamos el paseo marítimo y nos dímos de bruces con la arena de la playa. Los edificios daban salida directa al mar, sin paseo que hiciese de forntera natural.

Tanto nos llamó la atención este bonito lugar que hicimos una parada obligatoria para reponer líquidos, energías y hacer una importante toma de decisiones.

Chiringuito en Las Negras

Refresco en mano, éramos conscientes de que lo más duro estaba por llegar. El acceso y, sobre todo, la salida de la Cala de San Pedro se nos antojaba complicada por lo poco que pudimos investigar con el ordenador en el breve tiempo del que dispusimos antes de partir.

La otra opción era tomar la carretera hasta Fernan Pérez y volver a nuestro camping por asfalto. No lo veíamos claro, pero era el primer día y teníamos muchas energías, ganas e ilusión. Decidimos seguir adelante… ignorantes de lo que nos esperaba.

(Se recomienda la opción de anular este tramo y tomar la carretera hasta Fernan Pérez para enlazar con la ruta original. El tramo de la Cala de San Pedro, no es nada aconsejable a no ser que tengas un espíritu 100% aventurero)

Salimos de Las Negras para tomar la pista de aproximación hasta la Cala de San Pedro. Tres kilómetros de acceso hasta una explanada a modo de parking desde la cual el trazado se convierte en estrecho sendero. Omnubilados de lo que se nos asomaba frente a nuestros ojos, seguimos nuestros pasos, teniéndonos que bajar de la bici en momentos puntuales. De nuevo nos topábamos con un paraje excepcional, pero con una ruta que poco a poco se iba complicando tecnicamente a medida que nos acercábamos a esta incomunicada y escondida garganta, utilizada antaño por los piratas como punto de actividades ilegales.

Cala de San Pedro

Mi mirada al frente, me hacía observar el Rellano de San Pedro, un altiplano de 200m sobre el nivel del mar con una falda casi vertical por donde, supuestamente, deberíamos hacer la salida de este lugar. Era el sector amargo de la jornada, pero no sabía hasta que punto sería de complicado.

Más preocupado por este aspecto que por disfrutar del paisaje, llegamos hasta la playa obligándonos a separarnos de nuestra montura y pasar junto a una fuente donde pudimos reponer agua.

Pendiente del GPS para buscar el temeroso ascenso, deambulamos por el fondo del barranco hasta que mis ojos vieron lo que no querían encontrar. Un sendero roto, de montaña, con un desnivel imposible zigzagueando la loma.

Recordaba el comentario de la persona de la que tomé este tramo “es una pendiente donde tocará empujar mucho la bici”  ¡¡¡Mentira!!! No empujamos para nada la bici… la cargamos a nuestra espalda para ascender casi un kilómetro por un sendero donde ni siquiera con botas de montaña se ascendiese con seguridad.

Cala de San Pedro desde su rellano

Mil rayos, demonios, truenos y relámpagos pasaban por nuestras mentes. Sudor, calor, temblor. No me importaba sufrir con la bici, pero esto era pasar un peldaño más, esto era casi penar con la bici.

Más de media hora nos llevó hacer este sufrido y desaconsejado tramo hasta que llegamos a lo más alto. Pudimos entonces rodar un poco hasta que nos encontramos con nuestra segunda e inesperada sorpresa. Ahora deberíamos bajar casi todo lo ascendido, de nuevo bajados de la bicicleta. A penas 500m mucho más rápidos que los anteriores que terminaron en una pista pedregosa donde Alfonso se vio obligado a quitar presión de su amortiguación.  Rodábamos, casi cresteando, un precipicio del que poco a poco nos fuimos separando para ganar seguridad y adentrarnos en un rápido sendero.

Sendero pedregoso

La Cala del Plomo apareció ante nuestros pies, el descenso de nuevo muy técnico nos puso a prueba en más de una ocasión. Agua Amarga quedaba apenas a unos kilómetros para concluir nuestro recorrido previsto, pero este último y durísimo tramo había acabado con nuestra paciencia. Habíamos perdido más de dos horas para rodar poco menos de 10 kilómetros. Abortamos llegar hasta esta localidad y tomar la pista que partía desde la Cala de Plomo hasta la carretera que hubiésemos tomado en un principio. Un pequeño recorte por la Rambla del Plomo, que no varió los kilómetros finales .

Cala del Plomo, al fondo Agua Amarga.

Fue en este tramo donde notamos el cansancio físico. La falta de agua, el calor y la fatiga de portar la bici en demasía nos pasó factura. El mantenido y leve ascenso hasta el carreterín que nos llevaría hasta la siguiente población, se nos antojó duro mentalmente.

Ya sobre el asfalto, diez sufridos kilómetros hasta que llegamos a Fernan Pérez, sin agua, sin fuerza y con un exceso de hora. Eran las tres del medio día, hora tope para llegar al punto final debido al aumento de vientos en la zona.

Fernan Pérez llegó como un oasis en medio del desierto, botellas de agua fría tenían más valor que el oro. Apenas tenía saliva en la boca y me preocupada la deshidratación. Algo de comida y un relax en las piernas. Paramos para 10 minutos, pero estuvimos casi 45.

Cuando nos pusimos de nuevo en camino, aún quedaban 25 km para llegar, el viento que se comenzaba a levantar nos daba lateral, y debíamos descender hasta el nivel del mar, al menos en esto último tuvimos suerte. Una fuerte ritmo impuesto por Juanjo y Alfonso me hicieron rodar con soltura a su rueda.

Por caminos vecinales asfaltados pasamos por Los Martinez, Los Albaricoques y El Barranquete. Localidades que marcaban una línea casi recta hacia nuestro camping. A uno y otro lado, de forma puntual, aparecían los infinitos invernaderos tan característicos de la zona. Estábamos rodando por la “huerta de Europa”

Un último desvío, paralelos al seco Barranco Morales, nos dejó en la carretera de acceso a la localidad de Cabo de Gata y en su kilómetro 9, el camino hacia nuestro camping.

A las 17:00, ocho horas más tarde, habíamos llegado a la caravana con 100 km en la piernas y unos demoledores 1500m d+ rompepiernas. Había merecido la pena. Todo, incluso el tramo de la Cala San Pedro.

Ahora quedaba hacer el ingreso en el camping, merendar, ducharnos y disfrutar del relax que nos ofrecía este casi vacío lugar.

Al día siguiente nos esperaba el cinematográfico Desierto de Tabernas y ascenso a la Sierra de Alhamilla.

Pero eso os lo contaré en el próximo número. Hasta entonces, un coordial saludo.

David Moreira “MoreOcio”

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